TRES
No se veía nada desde cubierta.
La furia del cielo se ceñía sobre nosotros, zarandeándonos, haciendo inútiles nuestros esfuerzos por achicar el agua que inundaba la sentina. El estruendo de los truenos ahogaba los gritos con los que desesperadamente intentábamos comunicarnos, darnos órdenes, comprobar que aún permanecíamos vivos y enteros todos a bordo.
Un crujido escalofriante sacudió las cuadernas del barco, que detuvo su deriva justo cuando parecía que se iba a pique. Por fortuna, en el último momento, habíamos dado con tierra.
Golpeados desde estribor por unas olas cada vez menos violentas a medida que remitía el huracán, habíamos encallado en un banco de arenas poco profundas, aunque pronto descubrimos que se trataba de la barra de una pequeña isla desierta.
Agotados, nos miramos y nos abrazamos con los ojos llenos de lágrimas, sin dar crédito aún a la idea de no habernos hundido en el océano.
No sabíamos cómo conseguiríamos sobrevivir, pero al menos no íbamos a ser engullidos por las aguas, ni nuestros cuerpos devorados por los peces.
lunes, 24 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario